Nocturno y lluvia

Nocturno y lluvia. (Paisaje urbano. Óleo sobre lienzo. Cosme López García).

lunes, 10 de marzo de 2014

JUAN ANTONIO MÉNDEZ DEL SOTO: PINTANDO LA MÚSICA DEL SOL*

Juán Antonio Méndez del Soto,
el autor de El hombre del atardecer.
            EL relato El hombre del atardecer, original de Juan Antonio Méndez del Soto, quien por motivos de presentación a concurso, lo firmó bajo la plica Sombras en la oscuridad, está escrito en primera persona y ya nos está diciendo que, el verdadero protagonista es él mismo. Gran amigo y buen conversador, JuAntón, como a mí me gusta llamarle familiarmente, cuenta en esta historia su propia experiencia en el difícil camino que todos los días tiene que recorrer, debido a la enfermedad de parkinson que sobrelleva desde hace años.

            No por esta dolencia, nuestro amigo ha dejado de escribir, caminar, relacionarse con sus compañeros y asistir habitualmente a cualquier evento cultural que se desarrolle en nuestra ciudad: los recitales con tertulia del Gran Café Victoria, sucesivas presentaciones y ferias del libro, acontecimientos musicales… Desde su atalaya de siempre, no deja su actividad cotidiana, ya sea escribiendo u organizando recitales de música y poesía, o maquetando y dirigiendo alguna revista, como la creada hace poco La voz de San Roque. Asombra su capacidad de trabajo y más aún, nos da un claro ejemplo de su fortaleza a pesar de las adversidades con que la vida nos sorprende.

            El hombre del atardecer, es un título en clara metáfora de la lucha por la vida, por la supervivencia del ser humano ante las batallas diarias a que se enfrenta y ante la insolidaridad de sus semejantes. Es el atardecer, como un oasis en el desierto, como un pequeño respiro en el ocaso de la decadencia personal. Es el momento mínimo de belleza antes que el sol se esconda, el tiempo contado donde románticamente va sucediendo el relato. JuaAntón, crea su personaje, Sancho El Sinuoso, que padece la enfermedad antes referida y a quien nuestro escritor le ha dotado de una sensibilidad especial. Tan especial, que incluso posee el don de la telepatía. Sucede en la vida real. Un claro ejemplo, podemos comprobarlo en los ciegos de nacimiento, a quienes la propia naturaleza, se ha encargado del desarrollo de los otros cuatro sentidos hasta conseguir uno nuevo, el llamado sexto sentido y por el que pueden desenvolverse en la vida, a pesar de la oscuridad en la que se encuentran inmersos.

            ¿Se puede pintar la música de un atardecer, los remolinos de polvo, las gotas de lluvia mientras caen o el olor de unas mantecadas recién horneadas? La respuesta ya la tenía el gran escritor Marcel Proust y así lo dejó escrito en su extensa novela En busca del tiempo perdido cuando, recordando su niñez, solía escuchar como un juego, el silbido del viento en el bosque. Y conseguía extraer la música presente en el sonido ocasionado por el soplo del aire al chocar con las ramas y hojas de los árboles. Una auténtica sinfonía que nos describe con la sensibilidad del niño prodigio que fue Proust. La música estaba elaborada por las sensaciones que él percibía, transmitiéndola a los demás por medio de sus palabras que recrean una maravillosa descripción de la escena, de tal forma que, aquellos que no sean capaces de es-cuchar esa música, puedan hacerse a la idea mediante el mensaje oral y así representarlo en su cerebro, quien se encarga de dar las órdenes como un sargento del ejército, nos dice Juan en el relato. Es la sensibilidad del individuo la que logra esta hazaña cuando, por añadidura, es capaz de comunicarla a los semejantes. Y curiosamente, esa sensibilidad parte de la inocencia de ser niño, porque su cerebro no posee tanta información como el de los adultos, porque no guardan tantos datos como nosotros, no desconfían, nos dice certeramente nuestro autor.

Así, El hombre del atardecer, nos muestra el paisaje que también contiene todo nuestro declive. Juan Antonio, pone en boca de Sancho –no es nada casual la sabiduría del personaje creado– los sentimientos y consejos que fluyen durante el relato. Pero será nueva-mente el sol, el verdadero eje en cuyo entorno gira la historia narrada. El sol que representa la luz, la claridad, el futuro esperanzador. Si antes aparecía en el atardecer para irse, ahora va a hacer acto de presencia con el alba, para que Sancho pueda pintar amaneceres, que tampoco, como los atardeceres, serán iguales todos los días. Como nuestras huellas dactilares, muy parecidas y sin embargo, tan diferentes. Y el sol también es el calor. El calor humano que hay en un simple abrazo o apretón de manos. El sol es la gran metáfora de lo que está por venir y vivir, de la misma existencia. Es la ilusión, la magia que anida en el pensamiento del niño y que en un futuro será adulto. Y en esta rueda evolutiva, nunca ha de perderse la ilusión del primer día, para poder seguir siendo personas, para tener siempre algo donde sostenernos, como una muleta necesaria en el largo peregrinar del hombre. De ahí la necesidad de un viaje programado al País del sol naciente, Japón, que a pesar de ser un territorio pequeño y muy montañoso, hoy día, económicamente hablando, es la segunda potencia mundial. ¡Cómo lo pequeño puede ser grande!

Todo amanecer significa esperanza y es en ella, donde podemos resumir el mensaje que alberga este relato. La esperanza es la luz que nos guiará en el futuro, es la estrella que nos ilumina y a la que hay que seguir. Por eso debemos pintar, con los colores del arco iris, la música de la esperanza en el lienzo de nuestro propio cerebro. JuAntón, nos apunta que nos levantemos de la silla, aún cuando estemos cansados, que ante las desgracias, no tiremos la toalla nunca, que creamos en el amor, porque sólo así, evitaremos sentir lástima de nosotros mismos, aunque podamos consentir que alguien sienta compasión por nuestra desdicha.

Es de agradecer este trozo de autobiografía que nuestro autor nos regala con infinita generosidad. Deseamos que las investigaciones que hoy se realizan en el campo genético sobre la enfermedad de parkinson, puedan llegar a buen puerto en un futuro no muy lejano, erradicando totalmente el padecimiento de quienes la sufren. Mientras tanto, sólo nos queda el consuelo que JuAntón nos apunta por propia experiencia en las últimas palabras de este re-lato: No me he rendido, que sigo aquí, luchando y contando historias, contándome historias.

Y es en esa valentía, donde nos encontraremos nuevamente con Juan Antonio Méndez, el contador de historias y a la vez notario de lo que nos pasa, ante la constante lucha del papel en blanco.


Cosme López García.
Badajoz, 10 de marzo de 2011.
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*Reseña para la narración El hombre del atardecer, original de Juan Antonio Méndez del Soto.

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